jueves, 27 de junio de 2013

Echa afuera el Miedo


EL amor echa fuera el miedo

por Martha Smock

 

Creo que el miedo se conquista por medio del amor. “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (Jn. 4:18). No podemos temer lo  que amamos.

Si le tienes miedo a algo o a alguien, dirige tu atención a lo que amas en vez de abrigar el pensamiento de miedo. Las siguientes meditaciones pueden ayudarte en la quietud de la oración:

Dejo que el amor eche fuera el miedo a la enfermedad.

Amo la idea de la vida. Me enamoro de la vida. Pienso en vida y hablo de vida. Me veo lleno de vida, la vida misma de Dios.
Amo, alabo y doy gracias por la vida de Dios que es mi vida —la vida de Dios que me sana, me restaura y me renueva.
Con pensamientos y sentimientos de amor —amor a la vida, amor a la idea sanadora— dejo ir mis pensamientos de enfermedad y miedo. Amo a la vida y expreso la vida de Dios de manera radiante, maravillosa y poderosa.

Dejo que el amor eche fuera el miedo a la soledad.
Amo mi vida. Amo el lugar que llamo hogar. Me encanta saber que nunca estoy solo, que Dios siempre está conmigo. Doy amor y me siento rodeado y envuelto por el amor de Dios.
Puede que esté solo, pero nunca siento soledad. Pienso en mis seres queridos con amor, bien se encuentren cerca o lejos de mí. Oro con amor por la gente que guardo en mi corazón y por el mundo. Me siento parte de la gran y maravillosa familia de Dios. El amor me une con Dios y con todos los hijos de Dios.

Dejo que el amor eche fuera el miedo a la escasez.
El amor reemplaza los pensamientos de pobreza. Me encanta saber que soy el hijo rico de un Dios rico. Amo el trabajo que debo hacer. Amo y alabo a Dios como mi recurso confiable e infalible. Amo el fluir de pro­visión que no tiene límites. Amo, utilizo y expreso los talentos y habili­dades con los que he sido dotado. Amo el sentimiento de éxito y satisfac­ción que tengo por mi confianza en Dios. Me encanta la idea de que mis necesidades diarias son satisfechas y que mis futuras necesidades también serán satisfechas. Expreso amor y dejo ir los pensamientos de escasez. Expreso amor —el amor de Dios que prospera— y comparto voluntaria y libremente con los demás.

Dejo que el amor eche fuera el miedo al fracaso.
Bendigo las oportunidades que se me presentan. Amo los retos que me hacen pensar y esforzarme más. Amo el espíritu de fe y valor que impide que el miedo me domine.

Me gusta sentir que soy poderoso espiritualmente por el poder que me da el Cristo morador y que es mío cuando actúo con valor y sigo adelante con fe. Me encanta la seguridad que siento cuando escucho que "el silbo apacible y delicado" en mí me dice que puedo triunfar.

Dejo que el amor eche fuera el miedo a la gente.
Expreso amor hacia todos y atraigo el amor de todos.
El amor —amor divino — nunca desconfía ni debo desconfiar de él. El amor —amor divino— nunca maltrata ni es maltratado. El amor siem­pre produce armonía. El amor rompe las barreras de la timidez o de la falta de comprensión. El amor no es abrumado por la personalidad. El amor ve lo mejor en los demás y lo revela. Voy al encuentro de la vida y de la gente con un espíritu amoroso, y la vida y la gente responden con calidez, amistad y amor.

Dejo que el amor eche fuera el miedo al cambio.
Pienso en el cambio, y mantengo este pensamiento positivo: ¡Amo el cambio! El amor me asegura que Dios me acompaña en todo cambio. En toda condición o circunstancia cambiante, el amor revela algo nuevo y gratificante. Doy la bienvenida al cambio con amor, y me siento bende­cido, enriquecido y lleno de felicidad.

Dejo que el amor eche fuera el miedo al miedo.
El amor echa fuera el miedo irracional. ¡El amor echa fuera el miedo al miedo mismo! Recuerdo que Dios me ama. ¿Qué hay que temer? Dios es amor y Dios me ama.
“Ni la muerte ni la vida ... ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios” (Ro. 8:38-39).
Voy al encuentro de la vida y del amor de Dios sin miedo, sabiendo que Dios me ama y que nada ni nadie puede separarme de Su amor.
“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor.”

miércoles, 19 de junio de 2013

El Miedo al Rechazo


PERDÉ EL MIEDO AL RECHAZO

 

Todos, en cierta medida, nos preocupamos por caer bien a los demás. Pero cuando esa mirada externa comienza a condicionarnos, tendemos a aislarnos. Entérate de cómo enfrentarla.

 

A

 VECES, sin una explicación clara a la vista, la exposición social nos paraliza o nos impide actuar con total libertad. Podemos sentirnos muy nerviosos antes de una cita o una reunión, experimentar inseguridad a la hora de comunicar algo y llenarnos de pensamientos negativos sobre cómo será nuestra repercusión en otras personas. Estas sensaciones suelen ir de la mano de síntomas como el sonrojarnos, transpiración y sequedad en la boca, fuertes palpitaciones, sensaciones que nos amenazan y nos hacen sentir incómodos. En el fondo, lo que nos pasa es que tenemos miedo a ser rechazados. Nos asusta sentirnos despreciados por el entorno, porque creemos que necesitamos de la aprobación de los otros para sentirnos bien, lo que nos transforma en personas dependientes. Llegamos a perder nuestra propia identidad, por autocensurarnos y amoldarnos a los demás. Dejamos de mostrarnos tal cual somos, por temer que alguien desapruebe nuestra forma de ser, actuar y de pensar. Pero en realidad, ¿es eso lo que el mundo espera de nosotros? ¿Y qué sucede con lo que esperamos de nosotros mismos?

 

Así empieza

Este miedo inconsciente se puede desarrollar de diversas maneras y en distintos momentos de la vida. En general, puede deberse a los siguientes factores.

 

 *Desatención de los padres. Si en la infancia no nos sentimos protegidos por el núcleo familiar,  

    posiblemente no hayamos incorporados modelos que nos ayuden a ganar seguridad, confianza y  

    aceptación.

 *Experiencias traumáticas. Situaciones pasadas ligadas al rechazo, que quedaron sin resolver, como las

    burlas en el colegio o en el grupo de amigos, pueden hacernos sentir inferiores.

 *Aislamiento social. Si desde chicos crecimos en un ámbito alejado de las actividades que fomentan la

    interacción con los demás, podemos no hallarnos adaptados a las relaciones interpersonales.

 

Las consecuencias

Vivir tan pendientes del rechazo, la aceptación y de la mirada ajena nos hace actuar de forma poco espontánea. No nos permitimos sacar a relucir todo lo depositado en nuestro interior, porque pensamos que lo que tenemos para aportar es poco interesante. Así, llegamos a creer que seguir las tendencias que nos rodean nos va a hacer sentir mejor dentro del grupo con el cual queremos simpatizar. Por ejemplo, dejamos de expresar nuestras opiniones en especial si la mayoría las contradice; adoptamos de manera fácil conductas convencionales, incluso si no estamos de acuerdo con ellas.

También, con tal de configurar una buena imagen, podemos llegar a querer complacer desmedidamente a los demás, dejando de lado nuestros propios deseos. O sentirnos muy incómodos al estar con gente desconocida, lo que deviene en evitar las reuniones sociales. Todos estos hábitos despiertan en nosotros sentimientos de pérdida de la identidad, insatisfacción vital, muy baja tolerancia a la crítica y la frustración, y falta de autenticidad.

El miedo al rechazo, además, puede jugarnos una mala pasada en el marco del noviazgo o el matrimonio. ¿Cómo sostener una relación armoniosa si todo el tiempo pensamos que nuestra pareja nos va a abandonar, o que no nos quiere lo suficiente? Tarde o temprano, el vínculo se desgasta.

 

Momento de cambio

El primer paso es aceptar el miedo. Invertir el pensamiento y dejar de creer que no podemos. Romper los prejuicios sobre nosotros mismos, y darnos una oportunidad para demostrarnos que, en vez de huirle a los problemas, es mejor enfrentarlos y solucionarlos como cualquier persona. Esa seguridad es la que nos va a dar el impulso para animarnos a nuevas experiencias, y el éxito en ellas, a su vez, aumentará la autoconfianza.

 

 

 

Algunos pasos, con el fin de sacar todo lo bueno que tenemos para brindar, son:

 

1.       Conocernos mejor

Al reflexionar, podemos descubrir que el miedo al rechazo no es el resultado de los juicios de los demás, sino de los que hacemos sobre nosotros mismos. Nos enfocamos en nuestros defectos y complejos, y pensamos que todos van a despreciarlos. Pero, ¿quién se está rechazando en primera instancia? Nosotros mismos, desde el interior. Es importante vencer los prejuicios sobre uno mismo, para superar los temores y ganar seguridad.

2.       Errar es humano

El miedo al fracaso anula la posibilidad de asumir un desafío. Por un lado, dejamos de aprovechar una nueva experiencia y, por otro, perdemos la oportunidad de aprender de los errores, en caso de que los resultados no sean los esperados. ¡Nadie nació sabiendo! Hay que tenerlo en cuenta, para desarrollarnos sobre la base de prueba y error, sin importar cuán bien o mal nos vaya en el intento.

3.       ¡Acción!

Cuanto más actuemos, más nos desprenderemos de los fantasmas de nuestra mente. Por eso, cambiar horas de pensamiento innecesario por horas de acción constructiva nos va a llenar de energía para animarnos a ser nosotros mismos, frente a cualquier persona y situación.

 

A modo de conclusión, es positivo pensar en todo lo que nos podemos perder por el temor a ser rechazados. Hay que cambiar de actitud y animarnos a vivir plenamente, siendo como somos, sin engañarnos, ni pretender hacerlo con los demás.Y

martes, 11 de junio de 2013

Pensamiento


EL PENSAMIENTO

Por Gary H. Jones

    El pensamiento es un gran instrumento que Dios nos ha dado. Este instrumento nos sirve de dos maneras. Primero, nos permite liberarnos de toda creencia, limitación, condición, enfermedad, temor, disposición de ánimo o circunstancia que podrían obstaculizar temporalmente nuestro crecimiento individual. Segundo, el pensamiento ayuda nuestro desarrollo espiritual.

    El pensamiento es nuestro acceso directo a Dios. Llegamos a Dios al usar técnicas como la oración, meditación, negación y afirmación, visualización y la forma más profunda de oración: el silencio. El pensar es, además, la manera de manifestar lo que deseamos añadir a nuestras vidas y de cambiar en alguna forma lo que debemos cambiar, o eliminarlo del todo.

Nuestro carácter divino

    La habilidad de la humanidad de pensar tanto racional como imaginativamente caracteriza su lugar único entre las formas de vida en el mundo. No sólo tenemos la habilidad de pensar, sino que lo que pensamos nos vincula a un proceso automático que manifiesta aquello en lo que hemos pensado en forma externa.

    El pensamiento es una espada de dos filos. Esto, es, si nos preocupamos sobre lo que podría sucedernos al visualizar todo clase de imágines negativas, éstas pueden mantenernos en cierta servidumbre temporal. Somos liberados de ese cautiverio solamente cuando cambiamos nuestras normas e imágenes de pensamientos a normas más constructivas y de naturaleza divina.

    Se ha descrito el alma como un eje. Es decir, el alma (la combinación del pensamiento y el sentimiento) funciona como el gozne de una puerta. Ella puede volverse a nuestro interior –al Cristo en nosotros– para obtener una imagen verdadera de lo que somos y luego expresar ese conocimiento al mundo que vemos fuera de nosotros para manifestar armonía y curación. Por otra parte, el alma puede elegir mirar a lo externo y ver las apariencias de dualidad, enfermedad, pobreza y lucha y hacerlas nuestras.

Los pensamientos que sostenemos en la mente…

    Una enseñanza que ha estado en la conciencia humana desde la época en que los humanos primitivos pudieron reflexionar acerca de su realidad es que los pensamientos que sostenemos en la mente producen según su género. Sencillamente, esto quiere decir que aquello en lo que concentramos nuestros pensamientos y creencias de algún modo tomará forma en nuestras vidas.

    Esto nos lleva, también, al adagio de que nada nos sucede a nosotros que no sucede primero en nosotros. En otras palabras, compartimos una responsabilidad por las cosas que nos suceden. Este hecho, también, nos asegura de que si fuimos parte de la creación del problema, también tenemos el poder de cambiarlo.

    Una de las pocas cosas que Jesucristo requirió de los que iban a Él por curación fue que ellos creyeran. Cuanto más podamos creer en lo que deseamos –ya sea curación, armonía, prosperidad, o paz– y cuanto más alentemos nuestras creencias, más rápidamente manifestamos nuestro bien.

    El pensamiento guiado por la presencia del Cristo en nosotros puede levantarnos de cualquier condición y otorgarnos cualquier deseo de nuestros corazones. Dios nos provee la abundancia del universo, y nuestra labor es hacer surgir el bien, ¡el bien absoluto!, que ha sido siempre el deseo de nuestro Creador para nosotros. ÿ

lunes, 3 de junio de 2013

Cartas del Hermano Lorenzo


Semblanza del Hermano Lorenzo, un hombre que caminó con Dios.

  
 
Cartas
 
Las cartas del hermano Lorenzo son el verdadero corazón y el alma del libro «La práctica de la presencia de Dios». Todas fueron escritas durante los últimos diez años de su vida. Los destinatarios fueron diversos, sin embargo, en todas ellas late el mismo corazón sencillo y amante de Cristo.
 
Primera carta
Tú deseas tan diligentemente que te describa el método por el cual he llegado a este habitual sentido de la presencia de Dios, el cual nuestro misericordioso Señor ha querido darme. Voy a hacerlo con la petición que no le muestres la carta a nadie. Si me entero que muestras la carta, todo el deseo que tengo que alcances el progreso espiritual no bastará para que te siga escribiendo.
Lo que puedo contarte es lo siguiente: habiendo encontrado en muchos libros diferentes métodos de ir a Dios y diversas prácticas de la vida espiritual, llegué a la conclusión que éstas servían más para confundirme que para facilitarme lo que seguí después, que no era otra cosa que llegar a ser completamente de Dios. Esto hizo que me decidiera a darme todo por el Todo.
Después de haberme dado a mí mismo completamente a Dios, para que Él satisficiera lo que yo merecía por mis pecados, yo renuncié, por amor a Él, a todo lo que no fuera Dios; y comencé a vivir como si no hubiera nada más en el mundo que Él y yo.
A veces me consideraba a mí mismo ante Él como un pobre criminal a los pies de su juez. Otras veces lo veía a Él en mi corazón como mi Padre, como mi Dios. Lo adoraba lo más seguido que podía, manteniendo mi mente en su santa presencia y recordándolo cuando mi mente comenzaba a alejarse de Él. Este era mi trabajo no sólo en el tiempo designado para la oración sino en cualquier instante; cada hora, cada minuto, incluso cuando tenía más trabajo. Alejaba de mi mente todo lo que interrumpía mis pensamientos de Dios.
Este ejercicio no estaba libre de dolor. Continuaba a pesar de las dificultades. Trataba de no aproblemarme o inquietarme cuando mi mente comenzaba a vagar. Aquella había sido mi práctica común desde que entré a la vida religiosa. Aunque los había hecho muy imperfectamente, encontré grandes ventajas en esta práctica. Yo sabía muy bien que todo se debía a la misericordia y a la bondad de Dios, porque nada podemos hacer sin Él, incluso menos que nada.
Cuando somos fieles en mantenernos en su santa presencia, y permitirle que siempre esté delante de nosotros, esto nos impide ofenderlo y hacer algo que pueda desagradarlo. También produce en nosotros una libertad santa, y si se puede decir así, una familiaridad con Dios, donde o cuando la pidamos. Él nos suministra la gracia que necesitamos. Con el tiempo, al repetir a menudo estos actos, éstos se tornan habituales, y la presencia de Dios llega a ser muy natural para nosotros.
Por favor da gracias a Dios conmigo por su gran bondad hacia mí, la cual nunca podré suficientemente expresar, y por los muchos favores que Él ha realizado a este tan miserable pecador como soy. Que todo le alabe. Amén.
 
Segunda carta
No encuentro mi forma de vivir descrita en libros, aunque no tengo problemas con ello. Sin embargo, para mayor tranquilidad, te agradecería que me hicieras saber tus pensamientos acerca de este tema.
En una conversación algunos días atrás, una persona muy devota me dijo que la vida espiritual era una vida de gracia, que se inicia con un miedo servil, crece con la esperanza de la vida eterna, y se completa con el amor puro; cada uno de estos estados tiene fases diferentes, por medio de los cuales uno llega finalmente a aquella bendita consumación.
Yo no seguí estos métodos completamente. Al contrario, sentí instintiva-mente que me desalentarían. En vez de seguirlos, cuando entré en la vida religiosa, tomé la resolución de entregarme (darme a mí mismo) a Dios para que Él fuera la completa satisfacción de mis pecados, y por amor a Él, renunciar a todo.
Durante los primeros años, frecuentemente empleaba el tiempo apartado para la devoción en pensamientos acerca de la muerte, juicio, infierno, cielo, y mis pecados. Y continué por algunos años, poniendo mi mente cuidadosamente el resto del día, e incluso en medio de mi trabajo, en la presencia de Dios, que siempre la consideraba conmigo, siempre en mi corazón.
Con el tiempo comencé a hacer lo mismo durante el tiempo consagrado a la oración, lo que me produjo alegría y consolación. Esta práctica produjo en mí una estima tan alta de Dios que sólo la fe era suficiente para sostenerme.
Ese fue mi comienzo. Puedo decirte que durante los primeros diez años, sufrí mucho. Durante ese tiempo me caía y me levantaba muchas veces. Me daba la impresión que todas las criaturas, la razón, y Dios mismo estaban contra mí, y que sólo la fe estaba a mi favor.
La aprensión de no ser tan devoto de Dios como deseaba, mis antiguos pecados siempre en mi mente, y los grandes favores inmerecidos que Dios había hecho por mí, eran la fuente de mis sufrimientos y sentimientos de indignidad. A veces me aproblemaba pensando que haber recibido tales favores era sólo efecto de mi imaginación, ya que llegaban a mí muy rápidamente, y yo pensaba que de ser verdaderos debían tardarse más en llegar. Otras veces creía que todo era un engaño voluntario y que no había esperanza para mí.
Finalmente, consideré la perspectiva de pasar el resto de mi vida en estas dificultades. Descubrí que esto no había disminuido la confianza que tenía en Dios. De hecho, sólo había servido para aumentar mi fe. Parecía que al fin había encontrado el cambio en mí. Mi alma, que hasta entonces estaba inquieta, comenzó a sentir una profunda paz interior, como si hubiera hallado su centro, un lugar de reposo.
A partir de ese instante comencé a caminar ante Dios simplemente, en fe, con humildad, y con amor. Me propuse diligentemente a no hacer nada ni pensar en nada que pudiera desagradar a Dios. Tenía la esperanza que cuando terminara de hacer lo que podía, Dios hiciera conmigo lo que Él quisiera.
No encuentro palabras para describir lo que ocurre conmigo ahora. No siento dolor ni dificultad acerca de mi estado porque no tengo voluntad propia, sólo la de Dios. Me esfuerzo en cumplir su voluntad en todas las cosas. Estoy tan resignado que no levantaría una paja del suelo, si este acto es contrario a su orden, o por cualquier motivo distinto al puro amor por Él.
He cesado de todas las formas de devoción y de oraciones excepto las que mi estado requiere. Mi prioridad es perseverar en su santa presencia, en la cual mantengo una atención sencilla y amante de Dios, que puede llamarse una presencia actual de Dios. Poniéndolo de otra forma, es una habitual, silenciosa, y privada conversación del alma con Dios. Que me da mucho gozo y contentamiento. En resumen, estoy seguro, más allá de toda duda, que mi alma ha estado en las alturas con Dios estos últimos treinta años. He pasado por muchas cosas pero no quiero parecer tedioso refiriéndotelas en detalle.
Pienso que es apropiado contarte como me percibo a mí mismo delante de Dios, a quien considero como mi Rey. Me considero a mí mismo como el más miserable de los hombres. Estoy lleno de faltas, taras, y debilidades. He cometido toda clase de crímenes contra este Rey. Con un profundo arrepentimiento le confieso todas mis debilidades. Pido su perdón. Me abandono completamente en sus manos para que Él haga conmigo lo que quiera.
Mi Rey es lleno de misericordia y bondad. Lejos de castigarme, Él me abraza con amor. Me hace comer en su mesa. Él me sirve con sus propias manos y me da la llave de sus tesoros. Me conversa y se deleita conmigo incesantemente, de miles y miles de formas distintas. Y me trata como su favorito. De esta manera me considero continuamente en Su santa presencia.
Mi método más usual es esta simple atención, una amorosa mirada a Dios. Así me encuentro muchas veces, a mí mismo apegado con la mayor dulzura y deleite a Él, igual que un niño al pecho de su madre. Para elegir una expresión, llamaría a este estado el seno de Dios por la inefable dulzura que gusto y experimento allí. Si en algún momento, mis pensamientos me apartan de este estado de necesidad y flaqueza, mis recuerdos me traen nuevamente, por medio de emociones interiores tan sublimes y deliciosas que no encuentro palabras para describirlas.
Te ruego que consideres mi gran miseria, como te he informado extensamente, y los grandes favores que Dios hace a alguien tan indigno y malagradecido como yo.
De esta forma mis horas consagradas a la oración, son una simple continuación del mismo ejercicio. A veces me considero a mí mismo como una piedra delante del escultor, de la que Él hará una estatua. Cuando me presento así delante de Dios, deseo que haga su imagen perfecta en mi alma y que me haga enteramente como Él es.
En otras ocasiones, cuando me consagro a la oración, siento que todo mi espíritu se eleva sin ningún cuidado ni esfuerzo de mi parte. Luego mi alma está suspendida, y anclada firmemente en Dios, teniendo a Dios como el centro o el lugar de reposo.
Sé que algo carga este estado con inactividad, engaño, y amor propio. Confieso que es una inactividad santa. Y sería un dichoso amor propio si el alma, en este estado, fuera capaz de esto. Pero mientras el alma está en este reposo, no puede distraerse por las cosas a las cuales antes estaba acostumbrada. Aquello de lo cual el alma solía depender ahora es más bien un impedimento.
Así que no puedo ver como esto podría llamarse un engaño, ya que el alma que disfruta a Dios de esta manera sólo lo desea a Él. Si esto es un engaño, sólo Dios puede remediarlo. Le dejo que haga lo quiera conmigo. Sólo lo deseo a Él. Sólo deseo ser completamente devoto a Él.
Te ruego que me envíes tu opinión porque me es de mucho valor. Tengo una singular estima por tu reverencia. Estoy a tu servicio.
 
........................................
 
Decimoquinta carta
Dios es quien sabe mejor lo que nosotros necesitamos. Todo lo que Él hace es para nuestro bien. Si supiéramos lo mucho que nos ama, estaríamos siempre listos para recibir tanto lo amargo y lo dulce que proviene de su mano. No habría diferencia. Todo lo que viene de Él sería placentero.
Las peores aflicciones sólo parecen intolerables si las vemos bajo la luz incorrecta. Cuando las vemos como viniendo de la mano de Dios, y sabemos que es nuestro amante Padre quien nos humilla e incomoda, nuestros sufrimientos pierden su amargura y se convierten en una fuente de consolación.
Que todos nuestros esfuerzos sean para conocer a Dios. Quien más le conoce, desea conocerle mucho más. El conocimiento es comúnmente la medida del amor. Mientras más profundo y más extenso sea nuestro conocimiento, más grande será nuestro amor. Si nuestro amor hacia Dios fuera grande le amaríamos igualmente en el dolor y en el placer.
Nos engañamos a nosotros mismos si buscamos o amamos a Dios por algún favor que nos haya dado o que pueda darnos. Tales favores, no importa lo grandes que sean, nunca nos traerán tan cerca de Dios como simple acto de fe. Busquemos a Dios sólo mediante la fe. Él está dentro de nosotros. No lo busquemos en ninguna otra parte.
¿No somos rudos y merecemos la culpa si lo dejamos solo para ocuparnos en bagatelas que no agradan a Dios y que quizás le ofenden? Estas bagatelas pueden algún día costarnos caro. Comencemos diligentemente a consagrarnos a Él. Apartemos cualquier otra cosa de nuestro corazón. Él quiere poseer nuestro corazón completamente. Roguemos por su favor. Si hacemos todo lo que podemos, pronto veremos ese cambio forjado en nosotros que tanto deseamos.
No puedo agradecer a Dios lo suficiente por haberte aliviado de tus dolores. Espero ver al Señor dentro de pocos días. Oremos el uno por el otro.
 
***
 
(El hermano Lorenzo murió apaciblemente en los días de esta última carta).
(Traducción: Álvaro Soto V.).

 

lunes, 27 de mayo de 2013

Hermano Lorenzo


                  HERMANO LORENZO
 
Semblanza del Hermano Lorenzo, un hombre que caminó con Dios.
 
 
Viviendo día a día con Dios
 
El Hermano Lorenzo nació con el nombre de Nicolás Herman, alrededor de 1610, en Herimenil, Lorraine (Francia). La fecha se desconoce, pues el registro de nacimiento fue destruido en un incendio en su parroquia durante la Guerra de los Treinta Años.
Desgraciadamente, hay pocos datos de su juventud. Él aprendió principios cristianos de sus padres Dominic y Louise, con quienes constituía una familia modesta. Aunque Nicolás tenía sobrada inteligencia, aparentemente no le pudieron otorgar oportunidad de estudiar. No se sabe si Nicolás tuvo hermanos o hermanas, cómo pasó su niñez, acerca de su instrucción escolar, o su primer trabajo.
 
Conversión y primeras experiencias de vida
Sin embargo, es claro que a la edad de 18 años tuvo su primera experiencia espiritual, la conversión. Durante ese invierno, mientras veía a un árbol perder sus hojas, consideraba que dentro de poco tiempo las hojas se renovarían, y más tarde vendrían las flores y finalmente aparecería el fruto. A través de esta sencilla observación cotidiana, Nicolás recibió una impactante visión de la providencia y del poder de Dios que nunca pudo olvidar. Esta visión despertó en él un profundo amor a Dios y un deseo cada vez mayor de apartarse del mundo. Desde entonces se dedicó mucho a la lectura y a la vida espiritual.
Sin embargo, Nicolás no ingresó en este tiempo, como pudiera pensarse, a la vida religiosa, sino al servicio militar, durante el agitado período de la terrible Guerra de los Treinta Años. Allí fue apresado por tropas germanas, y, sospechoso de ser un espía, fue amenazado de muerte. Sin embargo, él pudo probar su inocencia. Más tarde se reunió con las tropas de Lorraine, pero fue herido durante el sitio de Rambervillers, en 1635, desde donde regresó a la casa de sus padres. La herida recibida en la guerra le afectó el nervio ciático, debido a lo cual quedó cojo por el resto de su vida, sufriendo dolores crónicos.
No es posible saber si fue durante su vida como soldado, o con posterioridad a ella, que participó de pecados que más tarde le harían lamentar, y recordar con dolor, como «desórdenes de su juventud» o «pecados de su vida pasada». Lo cierto es que, llevado por el deseo de enmendar su vida, y entregar de una vez a Dios lo que le había ofrecido cuando tuvo aquella primera experiencia espiritual, decidió hacerse ermitaño.
Junto a otros que tenían la misma intención, se apartó para vivir en soledad. Sin embargo, a poco andar pudo darse cuenta que no estaba preparado para esa clase de vida, y la abandonó. Se dedicó entonces a servir como criado y lacayo de algunos aristócratas en París. En ese servicio se describió a sí mismo como muy torpe, tanto, que quebraba todo a su alrededor.
 
Reparador de sandalias
A los 26 años de edad se dio cuenta que no podía vivir lejos del servicio a Dios, así que tomó una seria decisión: ingresó a la recién formada comunidad de los Carmelitas en la calle Vaugirard en París, como un hermano laico. Corría junio de 1640. A mediados de ese mismo año, fue recibido oficialmente, y adoptó el nombre de Lorenzo, probablemente inspirado en un religioso de su ciudad a quien había admirado mucho. Como novicio vivió severas pruebas y también grandes decepciones. Según confesión propia, muchas veces quedó en evidencia su torpeza natural, por lo cual temía ser despedido.
Pasados los dos años de noviciado hizo su profesión de votos, en agosto de 1642, a los 28 años de edad. Louis de Sainte-Thérése, su superior, resumió la vocación de este hermano laico con la expresión «oración y trabajo manual».
El primer trabajo que le asignaron después de su profesión fue el de cocinero de la Comunidad, que estaba compuesta por más de cien miembros. Sin embargo, la cocina se hizo muy difícil para alguien físicamente discapacitado, así que tras 15 años de labor, le asignaron un trabajo en que pudiera estar sentado. Fue designado como reparador, y luego fabricante de sandalias. Pero a menudo regresaba a la cocina para ayudar. Al hermano Lorenzo le fueron encomendadas también otras tareas como, por ejemplo, comprar el vino. Para ello debía desplazarse largas distancias, a veces por río; labor que le era muy difícil, porque, como él mismo dice, «cojo de una pierna, sólo podía moverme del bote rodando sobre los barriles». En esos viajes conoció a mucha gente, que quedaba impresionada por su piedad. Muchos de ellos acudían después a él en busca de consejo espiritual.
Poco a poco la influencia del «reparador de sandalias» creció, y no sólo entre los que solía ayudar y aconsejar, sino que mucha gente instruida y religiosos venían a él desde distintos sitios. Uno de sus biógrafos, que le conoció personalmente, dice que llegó a ser venerado por «todo París». Aunque esto pueda resultar una exageración, lo cierto es que todos quienes le conocían apreciaban mucho conversar con él, pues siempre se respiraba en su compañía la presencia de Dios. Él les enseñaba en forma sencilla cómo caminar con Cristo.
Cierta vez, interrogado por alguien de la misma Comunidad (a quien estaba obligado a responder), acerca de cómo había logrado ese habitual sentido de Dios, el hermano Lorenzo le dijo que desde su llegada a ese lugar, él había considerado a Dios como el objetivo y el fin de todos sus pensamientos y deseos.
 
Perfil espiritual
Fénelon le visitó poco antes de su muerte y conversó largamente con él. El recuerdo de esa conversación era muy vívida para Fénelon diez años más tarde, cuando escribe: «Las palabras de los santos son a menudo muy diferentes del discurso de aquellos que trataron de describirlos. El hermano Lorenzo era tosco por naturaleza, pero delicado en gracia. Esta mezcla era atrayente y revelaba a Dios presente en él. Yo lo vi, y aunque él estaba muy enfermo, permanecía muy contento».
El hermano Lorenzo siempre tenía algo que decir a los que querían aprender; no escondía nada a los que consideraba «pequeños y sencillos». Uno de sus biógrafos nos deja un retrato de sus virtudes sociales. «La virtud del Hermano Lorenzo nunca lo hizo ser áspero. Él era abierto, digno de confianza, te hacía sentir que podías decirle cualquier cosa, y que habías encontrado un amigo. Por su parte, una vez que él sabía con quien estaba tratando, hablaba libremente y mostraba gran bondad. Lo que él decía era simple, siempre apropiado, lleno de buen sentido. Una vez que pasabas su dureza exterior tú descubrías una sabiduría inusual, una libertad más allá del alcance de un hermano laico cualquiera, un discernimiento que se extendía mucho más allá de lo que podías haber esperado».
Tenía «el mejor corazón del mundo. Su delicado semblante, aire humano y afable, su simple y modesta manera de ser le ganaba la estima y buena voluntad de todos los que lo veían. Mientras más de cerca lo veías, más descubrías en él una profundidad de integridad y piedad que difícilmente podía encontrarse en otra persona. Él no fue uno de aquellos inflexibles que consideran la santidad incompatible con las formas comunes. Él se asociaba con cualquiera y nunca se daba ínfulas, actuando amablemente con sus hermanos y amigos sin querer llamar la atención».
Lorenzo tenía algún grado de instrucción intelectual. A veces hablaba de los libros que había leído o examinado. Se relacionó con sus compañeros y con visitantes letrados. Lorenzo fue nutrido por el espíritu de Teresa de Ávila cuyo «Camino de la Perfección» era leído cada año por los religiosos. La declaración de Teresa de que «el Señor camina entre ollas y cacerolas» debe haber agradado al hermano cocinero. Juzgando por sus escritos, también debió haber encontrado mucho gozo al leer a Juan de la Cruz, el autor del «Cántico espiritual».
Aunque Lorenzo ciertamente hablaba, permanecía la mayor parte del tiempo en silencio. Los hermanos laicos vivían en las sombras, en el profundo silencio de la comunidad Carmelita. Jurídicamente ocupaban el último lugar de la casa, ya que incluso los novicios estaban por sobre ellos. En la mañana servían a las mesas de los mayores, y el resto de sus días estaban llenos de obligaciones. Por eso, no siempre tenían tiempo de dedicarse a sus prácticas devotas. Pero Lorenzo, como podemos leer en sus conversaciones y cartas, estaba acostumbrado a vivir constantemente en la presencia de Dios, orando sin cesar, en toda circunstancia.
Por más de 50 años, Lorenzo, quien vivió la profundidad de una contemplación que era la fuente de la sabiduría para sus consejos, deleitó e inspiró a los miembros de la comunidad de la calle Vaugirard.
Sin embargo, con el tiempo sus sufrimientos físicos aumentaron. La gota ciática que le hacía cojear lo atormentó por casi 25 años, y degeneró en una úlcera de la pierna, causándole un inmenso dolor. Estuvo muy enfermo tres veces durante los últimos años de su vida. Cuando se recuperó la primera vez, le dijo al médico: «Doctor, sus medicinas me han hecho muy bien. ¡Pero han retrasado mi alegría!». Esperaba ansiosamente el glorioso encuentro. Tres semanas antes de morir escribió «Adiós, espero ver a Dios pronto». Y seis días antes de partir: «Espero por la misericordiosa gracia de Dios, verle en pocos días».
Lúcido hasta sus últimos momentos, el Hermano Lorenzo murió el 12 de Febrero de 1691, a la edad de 77 años. Su plácida muerte fue muy parecida a su vida en la Comunidad, donde cada día y cada hora era un nuevo comienzo y un fresco compromiso de amar a Dios con todo su corazón.
 
Su legado
En tiempos complicados semejantes a los que vivimos, el Hermano Lorenzo, descubrió, y más tarde siguió, una forma pura y simple de caminar continuamente en la presencia de Dios. Durante casi cuarenta años, vivió y caminó con Dios a su lado.
El Hermano Lorenzo fue un hombre gentil y de espíritu alegre, que evitaba llamar la atención y que no era amigo de los púlpitos. Sólo algunas de sus cartas escritas de su puño y letra fueron conservadas después de su muerte. Quienes las leyeron quisieron conocer las otras. Para atender esos pedidos ellas fueron coleccionadas. Joseph de Beaufort aconsejó al arzobispo de París a publicar las cartas en un pequeño panfleto. El año siguiente, en una segunda publicación titulada «La Práctica de la Presencia de Dios», De Beaufort incluyó, como material introductorio, el contenido de cuatro conversaciones que tuvo con el Hermano Lorenzo.
En su pequeño libro de Cartas y Conversaciones, el Hermano Lorenzo explica de una forma simple y hermosa cómo caminar continuamente con Dios, no con la mente sino con el corazón. Su legado fue mostrar un camino directo para vivir en la presencia de Dios, tan práctico hoy como hace 300 años. El hermano Lorenzo pertenece a un selecto grupo de hermanos y hermanas cuyo legado espiritual no puede medirse por su efecto visible. Con seguridad, él nunca imaginó que su humilde y escondida trayectoria espiritual sería de ayuda para tantos hermanos y hermanas en el futuro. Hombres y mujeres de la talla de Watchman Nee, A. W. Tozer, Jessie Penn-Lewis, y el así llamado «movimiento de Keswick» han sido ayudados e inspirados al leer su breve biografía espiritual. Pues en ella nos muestra cómo caminar con Dios de una manera íntima, constante y real a través de todas las vicisitudes de una vida humana común y corriente. En ello está la esencia de su perdurable riqueza espiritual.
 
***
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
 
 

domingo, 19 de mayo de 2013

Amanecer 2° Parte


La muerte es una puerta a través de la cual pasamos de una habitación a otra. Es la pausa entre dos notas en una sinfonía inconclusa. Es una página que pasamos para entrar en un nuevo capítulo del libro de la vida.

      No es el fin, es un nuevo comienzo. No es el anochecer, es otro amanecer.

      No sabemos qué ocurrirá cuando atravesemos la puerta. Sin embargo, podemos confiar en el Guardián del Infinito. La vida es el trabajo de una grandiosa y bondadosa inteligencia, que tiene un orden y un significado más allá de nuestra visión. ¿Quién de nosotros pudo haber planeado un átomo o una estrella? ¿Quién pudo haber planeado la Tierra, las estaciones, el delicado equilibrio de energías que permite que exista vida? ¿Qué científico pudo haber formado el cuerpo humano? ¿Qué filósofo pudo haber pensado en las leyes que gobiernan la mente y el espacio? ¿Qué poeta pudo haber imaginado el amor y la admiración?

      Podemos confiar en la inteligencia que creó el mundo. No fuimos creados para morir, para el fracaso o el dolor. Fuimos creados para vivir gloriosamente. Somos hijos del Infinito. Tenemos un destino divino y avanzamos hacia ese destino.

      Venimos del infinito y vamos hacia el infinito. Pero estamos destinados a ir hacia arriba. Hemos surgido a través de una eternidad de experiencias. Subiremos aún más alto.

      Ahora vivimos en un mundo de luz y sombras, de vida y muerte. El sol que sale en la mañana parece desaparecer en la noche. Pero si pudiéramos ascender fuera de la sombra de la Tierra, veríamos que el sol no desaparece realmente, sino que siempre brilla en los cielos. Tampoco el sol de la vida desaparece; si pudiéramos elevarnos lo suficientemente alto, veríamos que la vida es un proceso continuo y que la muerte no es sino la sombra arrojada por el pensar terrenal.

      Éste es uno de los fines de la vida hacia el cual nos movemos: elevarnos al lugar en que no sólo veremos ni la apariencia de la muerte, sino que, en nuestra naturaleza espiritual, seremos ataviados con la luz de la vida por toda la eternidad con un cuerpo que se autorenueva y una mente que no deja de desarrollarse. Entonces la muerte será vencida.

      Aunque ahora las apariencias de todas las cosas cambian, las leyes que rigen el mundo, la comprensión del amor, la sabiduría del corazón, el poder de la fe, de la belleza y de la verdad, no cambian. Más allá de nuestro día y nuestra noche, de nuestro flujo y reflujo, de nuestro si y no, de nuestro bien y nuestro mal, lo Eterno es siempre igual.

      No temamos. Somos marinos en el mar de la eternidad, pasajeros de la vida, y estamos bien acompañados en este viaje. Naveguemos con fe. Más allá de la oscuridad... ¡mira, es otro amanecer! ÿ

 

lunes, 13 de mayo de 2013

Amanecer 1° Parte


OTRO  AMANECER

(James Dillet Freeman)

 

      Al enfrentar la pérdida de alguien a quien amamos, nuestro corazón llora en medio de su soledad, y no se consuela con simples palabras. Nuestro corazón nos dice que hemos sido creados para vivir, no para morir. Hemos sido creados para expresar vida, cada vez más. Cuando alguien falta a esto, nos preguntamos, ¿por qué?

      Para entender el significado de la muerte, debemos comprender primero el significado de la vida. Al contemplar la vida, vemos que todas las cosas cambian, pero aunque cambian, ninguna perece.

      Si esto es cierto en el mundo de las cosas, ¡cuánto más cierto será en el mundo de la mente! El alma está hecha de una substancia que le es propia, no menos permanente por ser inmaterial, ni menos real por ser invisible. No podemos medirla con un calibrador o pesarla en una balanza ni tocarla con los dedos o verla con los ojos. Pero está ahí, sustancial, real. Cambia pero no perece.

      La vida no comienza con el nacimiento ni termina con la muerte. La vida es un proceso y progreso eternos. Esta forma visible, esta voz audible, este agregado de órganos, esta red de ideas –somos más que eso. Éstas son las circunstancias visibles. Somos expresión del espíritu de vida.

      Si te pasas a la orilla del mar en la noche, podrás oír el ruido de las olas. Podrás verlas emblanquecer y romperse en las rocas. Pero el mar mismo –vasto, imponderable, extraño y profundo– no podrás verlo. La ola se rompe en las rocas y se va, y lo que queda tras ella es una línea de espuma que se desvanece. Sin embargo, el mar es más que la espuma que se desvanece en las rocas, es más que la ola en la que toma forma por un momento. Cuando ola y espuma se han ido, el mar vuelve a plasmarse en otra ola que se arroja de nuevo en forma de espuma sobre otra roca.

      Tú eres como el mar que toma la forma de una ola. La ola desaparecerá, pero tú no. Tú tomarás la forma de infinitas olas. Tú eres la expresión de la vida infinita, siempre renovándose y desarrollándose.

      La eternidad no es una alteración de vida y muerte. Sólo hay vida. La verdad es que no podemos morir. La vida es energía. La vida es expresión. No puede cesar porque es eterna. Podemos cambiar de forma y desaparecer de vista, pero no podemos dejar de ser, ni siquiera por un momento. No podemos ser separados de la vida ni ser menos que ella.

      La vida es un camino que serpentea entre las montañas del tiempo. En cada recodo desaparece un viejo paisaje, para dar lugar a uno nuevo. La vida es un peregrinaje, un pasadizo a través de la eternidad, un viaje a lo desconocido. Las personas son como pasajeros en un viaje.

      Algunos pasean rápidamente, más allá del recodo del camino que los oculta de la vista. Algunos caminan a nuestro lado todo el tiempo. Algunos parecen deslizarse lentamente y otros pasan rápidamente. Pero la vida no puede medirse en términos de tiempo, sino sólo viviéndola.

      Cuando una persona muere, no cesa de ser; solamente pasa más allá de nuestra vista humana.

      Hay una unidad más allá de las unidades de tiempo y lugar y aun de pensamiento; una unidad que nos vincula como un solo ente, del mismo modo en que todas las olas son un solo mar y todas las islas una sola tierra. Nos une el amor a nuestros amigos aunque ellos estén en el otro extremo de la tierra. Del mismo modo, aquellos que amamos pueden pasar más allá del alcance de nuestras manos, pero no del alcance de nuestros corazones.

      ¿Por qué tememos a la muerte? Porque tememos a lo desconocido. Sin embargo, ¿no es cada nuevo día una aventura en lo desconocido? Lo que hay exactamente al otro lado de la muerte, no lo sabemos. Pero podemos estar seguros de que es vida. La vida está del otro lado de la muerte como lo está de este lado.

      La muerte no es un mal. Ni tampoco es un bien. ¿Es el pasar una página algo bueno o malo? ¿Es la pausa entre dos notas musicales buena o mala? ¿Es el abrir una puerta bueno o malo? La muerte es un accidente. Es parte de la vida, como el sueño y el anochecer. El sueño da paso al despertar, la noche al día, y así la muerte no es más que el paso de una vida a otra.
 
 
 continua...

viernes, 3 de mayo de 2013

Eres Libre


ERES LIBRE, ELIGE SER FELIZ!!!

HAY QUE DEJAR DE SER VÍCTIMA DE LA VIDA

HAY QUE COMPROMETERSE CON UNO MISMO,

HAY QUE TRATAR DE SER UNO MISMO,

PERO SOBRE TODO HAY QUE RESPETARSE A UNO MISMO,

HAY QUE EMPEZAR A SER REALMENTE LIBRE!!!!!!

ERES LIBRE, PUEDES ELEGIR ENTRE AMAR,

O LAMENTARTE POR LOS QUE NO TE AMAN...

AGRADECER POR LO QUE TIENES,

O LAMENTARTE POR LO QUE TE FALTA...

TENER ESPERANZA EN LAS COSAS

QUE PUEDES REALIZAR,

O LAMENTARTE POR LAS QUE NO HICISTE...

ERES LIBRE, Y CADA NUEVO DIA

ES UNA NUEVA OPORTUNIDAD

PARA SER FELIZ...

ELIGE SER FELIZ.

 


EL CORAJE DE SER UNO MISMO
Cuando nos preguntamos quiénes somos y hacia dónde vamos, es el principio del sendero interno. La fatiga es síntoma frecuente, entre quienes han suprimido su verdadero yo. En realidad, no están cansados, sino hastiados de no ser ellos mismos.No ser quienes en verdad somos, implica un trabajo extenuante. La persona auténtica, no disipa su energía interior en contradicciones. Su rectitud consigo misma, reduce los conflictos psíquicos y se siente viva, llena de energía. Cuando tal persona, es motivada por lo que más le interesa, su energía entra en acción, no la desperdicia en conflictos, ni en falsedades. Sabe adónde va. Y al ser como es, moviliza la energía de los demás, inspirándolos. Con solo ser él mismo, está indicando lo que hay que ser. El ser humano auténtico, como no derrocha energía en proteger a un ego tembloroso, tiene energía suficiente
para irradiarla sobre sí mismo y sobre los demás, es capaz de amarse a sí mismo y, por lo tanto, a los demás.
Cuando no somos auténticos, proyectamos incertidumbre e intranquilidad.
No resulta fácil vencer en la lucha por ser auténtico. Es una empresa de toda la vida.
He aquí algunas maneras de iniciar la senda:
1)Esté consciente de lo que sucede en su vida, interior y exteriormente, escuche el diálogo interior
y esté atento al devenir de la vida.
2)Acepte la idea de que no hay nada malo en ser diferente de los demás, busque sus propias convicciones,
más profundas y defiéndelas, viva por ellas.
3)Aprenda a estar a solas, la soledad es el medio hacia el autoconocimiento, pues en ella aprendemos
a distinguir lo falso y lo verdadero.
Un hombre libre, un hombre que no está atemorizado, que tiene la mente clara y cuyo corazón es vital, fuerte,
enérgico, ese hombre no demanda ayuda.
Nosotros, vos y yo tenemos que estar sobre nuestros pies y no creer en nada que no pueda verificarse por sí mismo.
Vencerse a sí mismo, es dotar al corazón de la honestidad que recibió de la naturaleza.
Si un día llegas a vencerte a tí mismo, a recuperar totalmente la honestidad del corazón, todo el universo
dirá que tu virtud es perfecta.
Depende de cada uno ser perfectamente virtuoso.
Buda decía que aunque un hombre conquiste en batalla a miles de hombres, aquel que se conquiste a sí mismo,
es el más grande de los vencedores.
Solamente si uno desea amargarse, lleva una vida llena de amarguras.
Por eso el hombre sabio se conoce a sí mismo, prefiere lo que está adentro a lo que está afuera.
Tal como sucede en la desintegración del átomo, la apertura del yo nos da acceso a un poder oculto.
La autenticidad es una fuerza sensibilizadora y una bendición.
Surge de sentirse a gusto consigo mismo y por ende con los demás.
Constituye el mayor poder del mundo.
Despleguemos nuestras alas internas y volemos hacia el universo infinito de ser uno mismo.
LA SABIDURÍA QUELLEVAMOS DENTRO ES COMO UNA CHISPA QUE,
UNA VEZ ENCENDIDA, NO SE EXTINGUE JAMAS!!!!!!